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Dos personas del departamento de Asia de Manos Unidas viajaron a Camboya a finales de 2008. A continuación ofrecemos un texto en el que una de las viajeras comenta los sentimientos encontrados que le produjo este viaje
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Belleza, pobreza, victimas, lucha, injusticia, son las palabras que podrían resumir nuestra experiencia en este viaje. La belleza del paisaje en las zonas rurales, que componen el 85% del país; campos de arroz sin fin con colinas de fondo, en distintos tonos de verde. La pobreza de sus habitantes; los campesinos practican una agricultura de subsistencia (si terminan el arroz almacenado se quedan sin comer hasta la cosecha siguiente); en las ciudades edificios de lujo, hoteles, palacios, pagodas, en contraste con la pobreza en sus calles, abarrotadas de vendedores ambulantes de todas las edades y productos, y ya en los slums (barrios de chabolas marginales) la pobreza más dramática.
Los camboyanos son víctimas de una guerra civil de casi 30 años, que asoló el país y destruyó las familias, y no terminó totalmente hasta el año 1997-98 (Pol Pot, el artífice de uno de los peores genocidios de la historia de la humanidad, murió en el año 1998 sin haber sido juzgado por sus crímenes de guerra). El pueblo Khmer lleva 11 años luchando por rehacer sus vidas y cicatrizar sus heridas. Los fundadores de las ONG locales, contrapartes de Manos Unidas, son camboyanos que vivieron en sus propias carnes todos los horrores de dicha guerra, trabajando en los campos de arroz, viviendo en campos de refugiados, recolectando basura para poder comer, o disparando contra sus propios compatriotas. Consiguieron sobrevivir y han decidido dedicar sus vidas a ayudar, con su testimonio y su trabajo, al mayor número posible de personas a ver la luz al final del túnel.
En nuestra visita al proyecto de desarrollo comunitario, en las aldeas, los campesinos nos recibían con gran respeto, uno por uno nos saludaban juntando las manos y haciendo una inclinación de cabeza, y nos ofrecían lo mejor que tenían: agua de coco para beber y para comer, “el pan nuestro de cada día” que consistía en arroz, algunas verduras y un poco de pollo. Nos relataban orgullosos su rol en el proyecto. Algunos habían aprendido a leer, escribir y calcular en las clases de alfabetización. Tenían sus cuadernos donde llevaban apuntadas sus notas y estadísticas de las actividades de las que eran responsables: banco de arroz, banco de vacas, comité de protección del bosque, consejo de la comuna, comité de piscicultura, comité de salud, grupos de auto-ayuda, etc.
Del proyecto de víctimas de explotación sexual, visitamos dos centros de mayores de 18 años, donde las residentes reciben tratamiento médico y psicológico para su rehabilitación y posteriormente formación y aprendizaje de un oficio para preparar su reinserción. También visitamos un centro de menores de 18 años, niñas desde 3 años, abusadas, violadas, vendidas, en muchos casos, en sus propias familias y en sus aldeas. No puedo describir lo que sentí al ver esas criaturas, solo puedo decir que no creo que exista una mayor injusticia en el mundo que la cometida contra estas inocentes. Para reprimir las lágrimas y superar el asco, la repugnancia e indignación que nos produce este hecho, pensamos en el rayo de esperanza que supone el que ahora estén en este centro de AFESIP viviendo en un ambiente de cariño, recibiendo formación y asistiendo a la escuela primaria para después aprender un oficio y finalmente reinsertarse en la sociedad.
El Director del proyecto de reciclado de basura es ahora un hombre que de niño vio matar a su padre, a su madre y a sus dos hermanos y quedó en la calle donde tuvo que recoger basura para poder comer. Ahora dirige una ONG dedicada a sacar de la calle al mayor número posible de niños, y a personas adultas, recogedores de basura, de su actual situación por medio de la formación/capacitación en el proceso de recolección y reciclaje de residuos urbanos. Con los restos orgánicos hacen “compost” (abono orgánico para agricultura orgánica) y con el papel y el plástico artesanía típica (collares, pulseras, marcos de fotos, sombreros, etc).
Para terminar diré que de este viaje ha quedado en mi cabeza y en mi corazón una sola pregunta: “¿qué sería de todas estas personas beneficiarias de los proyectos de Manos Unidas si no los apoyáramos?”.
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