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Vaya por delante mi desconocimiento, similar al que tiene la mayoría de la población, de gran parte del lenguaje y entresijos del llamado por los economistas mercado o libre mercado, así como de muchas de las cuestiones referidas al sistema bancario. Ello no implica que por dicho desconocimiento se deba permanecer en silencio y no podamos hablar y opinar sobre el tema, más bien todo lo contrario por cuanto somos los mayores afectados (trabajadores en activo y en paro) por la situación actual, así como parte contribuyente, interesada, pero no consultada, en lo que se ha venido a llamar “ayuda” al sistema bancario por parte de gobiernos como el español.
Lo cierto es que ya se veía venir. Creer que la Banca se iba a contentar con tan sólo unos miles de millones de euros de procedencia pública entra dentro de lo absurdo. La voracidad del sistema bancario no tiene límites, y por ello siempre quiso, quiere y querrá más y más.
No se entiende que bancos y cajas, por hablar de entes financieros que todos más o menos identificamos, hace unos pocos meses presentaran balances que mostraban elevados beneficios y ahora, de golpe y porrazo, todo ha desaparecido y el Estado ha de intervenir para que evitar que se entre en una dinámica de quiebras que pudiera suponer la caída de todo el sistema.
Además, la intervención del Estado está claramente dirigida por la propia Banca, que es la que ha dicho a donde ha de ir ese dinero que tal fácilmente les ha entregado el Gobierno, y cuyo destino es el de taponar las posibles “pérdidas”, resaltando lo de pérdidas bien entrecomillado, generadas por aquellas inversiones especulativas de mayor riesgo, sin que se pida ningún tipo de responsabilidades a quienes ordenaron dichas inversiones, y que bien seguro siguen confortablemente asentados en sus puestos directivos con salarios de cuento de Alí Babá.
Por último, la gran Banca quiere también que el Estado no nacionalice, tema tabú en la economía de libre mercado, sino que intervenga aquellas entidades menores con el objetivo de sanearlas con dinero público y que sean más fácilmente digeribles por los grandes tiburones que llevan la voz cantante en el oscuro y profundo océano de la economía, representados aquí por dos bancos con nombres de ciudades cantábricas.
A modo de conclusión se puede decir que, con toda la cara del mundo, lo que vienen a exigir es que les hagamos más ricos para que nosotros sigamos intentando sobrevivir, pero con tranquilidad. La tranquilidad que nos da saber que aquel banco al que le debemos dinero sigue ahí exigiendo que se lo devolvamos aunque ya lo hayamos hecho una y mil veces vía “ayuda” del Estado. O la tranquilidad que nos da saber que si necesitamos un préstamo ese mismo u otro banco nos lo negará a pesar de que nosotros, también vía “ayuda” del Estado se lo hemos prestado sin apenas unas pocas voces manifestándose en contra de ello.
No sé a ustedes, pero a mí más tranquilidad me daría la redistribución y reparto de la riqueza que no este proceso acumulativo de la misma en esas u otras manos, por muy de “libre” mercado que sean.
J. Luis Real Baltar
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